La psiquiatría siempre me ha interesado. Cuando estudiaba en la universidad y había clase de enfermería de salud mental, me sentaba en primera fila y escuchaba atentamente las experiencias que el profesor, médico psiquiatra, explicaba. Era como si viviese una película.

Considero que mi mente es  inquieta. En muchas ocasiones, sobre todo llenas de sufrimiento, mi mente me ha llevado por derroteros que iban en contra de la vida. Supone un trabajo de voluntad constante llevar las riendas de ese caballo salvaje, que es la mente. Hasta hace algunos años, todas mis decisiones eran muy mentales, el caballo me llevaba a mí, su jinete, lo que hacía que muchas veces me equivocase o me agotase. Mi mente y mi corazón no estaban constantemente alineados, y al poner el enfoque fuera, en el mundo en que vivimos, tomaba las decisiones desde ahí, no desde una coherencia interna.

Fueron muchos los errores y las personas que intenté apartar de mi vida por la incomodidad emocional que me suponían. Había algo que encontraba que no me gustaba y buscaba otra experiencia. Experiencia tras experiencia, decisión tras decisión, cambio tras cambio…hasta que finalmente apareció mi pareja actual, con una expareja con un desequilibrio mental. ¡Sí! Tanto me atraía este tipo de desequilibrio que al final la vida me lo puso delante. No voy a entrar en detalles de vivencias ocurridas en el pasado. Puedo decir que he sentido mucho miedo e incertidumbre. No sabía qué hacer. Cuánto más miedo pasaba y más intentaba no verla, más fácil era que ella apareciese. No podía compartir mi sufrimiento porque todos me decían que me fuese, que no me lo merecía. Sin embargo, una voz en mi interior, entendía que si huía, como en otras ocasiones, vendrían otras circunstancias que me pondrían de frente  mi miedo. Ya son cinco años viviendo este tipo de situaciones. Lo único que puedo decir es que cada vez que abro la puerta de “mi lado oscuro” y me atrevo a sentir lo que hay ahí, se producen menos situaciones fuera para que lo vea. Si me abro a ver todo el miedo que puede haber con la presencia de una persona que actúa de una forma “anormal”, según lo que se me ha enseñado, socialmente hablando, resulta que todo se diluye rápidamente, y lo que queda al atravesar el momento es paz y una gran libertad de no depender de nada ni de nadie.

Esta semana hemos tenido, como casi cada viernes, sesión de equipo para compartir experiencias  de pacientes con desequilibrios mentales y exponerlas ante los especialistas en el tema, los psiquiatras.

Cada médico exponía sus casos. Personas con matices diferentes que los situaban en un mismo punto: el no saber qué hacer ante ellas. El ambiente, bajo mi punto de vista, era frívolo, como si lo que pasaba con cada paciente fuera algo ajeno a ellos. Como si este tipo de desequilibrios no tuviesen solución. Se llegó a plantear el ingreso involuntario de un paciente. Yo sólo pude ver dolor. Un dolor que hablaba de rechazo, de no asumirnos como cocreadores de estos desequilibrios. ¿Cuándo empezaremos los profesionales sanitarios a vernos a través de los pacientes?

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