Acabo de llegar, como prácticamente cada viernes, de asistir como enfermera en domicilios.

Hoy me he levantando con sensación de peso, con ganas de cambios pero sin saber qué, viendo las cosas grises. Siento reajustes emocionales y asumo que estoy trascendiendo mis creencias. Lo más difícil de esta semana ha sido poner un límite a una de mis compañeras, con mucho cariño pero de forma rotunda. Esto ha supuesto un cambio de su actitud para conmigo. Ya no soy del bando de las» buenas»compañeras. Siento dolor.

¿Hasta qué punto hago las cosas para agradar y encajar? ¿Mendigo aceptación y cariño renunciando a ser? ¿Un buen trabajador  es aquel que no pide nada y traga con todo? ¿Dónde queda la honestidad?

En contraposición, cuando acudo al último domicilio, me encuentro con que después de hacer mi trabajo, Piedad me da  dinero mientras me mira de una forma que me llega al alma. Se trata de gente humilde. Insisto en que no es necesario, pero me lo tomo como un gesto de amor enorme, como si fuese un abrazo o 10 besos. Además cuando ya me estoy despediendo carraspeo (he tenido tos hace unos días),y , Andrés, su marido,me coge las muñecas y me las masajea, explicándome cómo y cuándo aprendió a hacer esto para curar la garganta con un médico de su pueblo.

Ayer escribía en unos breves apuntes, que la energía no se crea ni se destruye, sólo se transforma, y por ello dar y recibir son lo mismo. He aquí un ejemplo sencillo y lleno de amor que lo muestra.

Agradezco profundamente encontrarme en mi día a día con estos momentos de gloria en un barrio aparetemente oscuro de Barcelona.

 

 

d-y-r